miércoles, 6 de abril de 2016

Tema 2

CRISTO: EL HOMBRE NUEVO
La crisis de identidad
 El adolescente, inquieto ante las transformaciones que vive, se interroga sobre sí mismo y abandona la seguridad de la etapa anterior. El entorno también le cuestiona, percibe en los adultos un trato distinto, una actitud crítica ante su actual situación. El adolescente se enfrenta, en estos momentos, con una de las crisis más importantes en la vida del hombre, la crisis de identidad, encrucijada, que una vez franqueada dejará en su personalidad una huella duradera.
¿Quién soy yo? ¿Qué quiero llegar a ser?
Es preciso tener en cuenta que en esta edad, y a lo largo de toda la adolescencia se concentran, de algún modo, los interrogantes sobre el valor de las etapas recorridas y la desorientación del hombre sobre lo que quiere llegar a ser. Se pregunta muchas veces: ¿cómo soy yo? ¿Cuáles son mis defectos, mis posibilidades, mis aptitudes, personalidad? En definitiva, ¿quién soy yo? ¿Qué quiero llegar a ser? Es una etapa oportuna para reflexionar sobre la propia vocación.
¿Qué es el hombre?
De una u otra forma, la crisis adolescente irá siendo superada. La crisis pasará. Sin embargo, el adolescente irá descubriendo dentro de sí, y a su alrededor, que hay interrogantes que no tienen fácil respuesta. Que los propios adultos se hallan divididos, cuando se trata de identificar lo que es específicamente humano: ¿Qué es el hombre? ¿Un mecano, un robot, un animal más, un semidios...? Un día terminará por descubrir que el hombre no podrá nunca conocerse del todo: es siempre para sí mismo un problema abierto o un misterio.
Identidad y vida de fe
El hombre que acepta con fe viva la revelación de Dios tiene una nueva luz, para saber quién es Dios y quien es el hombre. Dios nos ha hablado de nuestro origen y de nuestro destino. Quiere hacer de nosotros, en Cristo Jesús, un hombre nuevo. Sólo Dios puede esclarecer plenamente el misterio del hombre: su situación presente, sus aspiraciones profundas, su libertad, su pecado, su dolor, su muerte, su esperanza de vida futura. El cristianismo construye su identidad personal en la vida de fe, esperanza y caridad. El creyente afirma su personalidad al profundizar en su relación personal con Cristo.
El gran acontecimiento: Jesús ha resucitado. Cristo es el Señor
El Nuevo Testamento nos presenta una nueva intervención de Dios, verdaderamente inaudita, inesperada: "Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías" (Hch 2, 36). Este es el gran acontecimiento de la historia de salvación: un muerto, Jesús, condenado y ejecutado por la justicia de los hombres, ha sido constituido Señor de la historia. ¡Al igual que a Yahvé le corresponde el Nombre-que-está-sobre-todo-nombre! Este es el kerygma (mensaje, proclamación) del Nuevo Testamento.
El nacimiento de un nuevo hombre
Pablo sabe por experiencia que el que se ha encontrado con Cristo es como si hubiera vuelto a nacer, una criatura nueva, un hombre nuevo (2 Co 5, 17). El confiesa que ha encontrado el verdadero y definitivo sentido de su vida gracias al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús; ya nadie ni nada podrá separarle de ese amor (Rm 8, 35-39): en un sentido profundamente cierto en el encuentro con Cristo ha sido recreado. La profundidad de la relación interpersonal de Pablo con Cristo queda expresada de forma difícilmente superable en la siguiente fórmula: "Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).
Cristo sigue creando hombres nuevos
Cristo, que transformó a Pablo y a los Apóstoles, continúa hoy transformando y renovando a todos aquellos que se convierten y se unen a Él por la fe y por el bautismo. Cristo renueva y vivifica constantemente a la Iglesia que es su cuerpo. Cristo, con su muerte redentora, venció el pecado y nos hizo capaces de vivir, no según la carne, sino según el espíritu, opuesto a la carne.  (Rm 8, 3-4).
"Andemos en una vida nueva"
"¿Es que no sabéis que los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si hemos quedado incorporados a él por una muerte como la suya, lo estaremos también por una resurrección como la suya. Comprendamos que nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado. Porque el pecado no os dominará: ya que no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia" (Rm 6, 3-14; cfr. 1 Co 6, 15-19; Col 2, 11-13).
Para vivir esta moral de gracia, Cristo resucitado concede a su Iglesia el don del Espíritu Santo
Para que seamos capaces de vivir según esta moral de gracia, moral de la nueva alianza y seamos hombres nuevos en Cristo Jesús, según el designio de Dios, Jesucristo resucitado concede a su Iglesia el don del Espíritu Santo. De este modo se cumple lo anunciado por los profetas, como dice Pedro el día de Pentecostés: "En los últimos días —dijo Dios—derramaré mi Espíritu sobre todo hombre: Profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán. Haré prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra" (Hch 2, 17-19). El Espíritu se nos concede en virtud de la resurrección de Cristo: "El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús en pie gritaba: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. (Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva).Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado" (Jn 7, 37-39). El Espíritu Santo ha sido enviado por el Padre y por el Hijo para dar testimonio de Cristo, y para que a su vez den testimonio de Cristo los Apóstoles: "Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí: y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo" (Jn 15, 26-27).
La alegría del tesoro escondido
Un aspecto importante del sermón de la montaña es la alegría. La alegría es una característica esencial del Evangelio. La expresión bienaventurados (dichosas), no sólo contiene una promesa, sino también una felicitación. Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios en medio de felicitaciones, de congratulaciones, de bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). Sería una contradicción anunciar la Buena Noticia en medio de la tristeza: "El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo" (Mt 13, 44). El "ir", el "vender", el "comprar" se debe a la alegría de haber descubierto en la propia vida la acción de Dios. Esa alegría subyace a todas las decisiones y, también, a todas las renuncias. Brota en medio de los insultos y de las persecuciones (Mt 5, 11-12) y se hace incontenible cuando el discípulo experimenta el poder de la Buena Nueva que anuncia (Le 10, 17). Por encima de todo, el verdadero motivo de la alegría evangélica es éste: "Vuestros nombres están inscritos en el cielo" (Le 10, 20).
Por la fe, el hombre se confía libre y totalmente a Dios
La fe cristiana es respuesta a la palabra de Dios, conocimiento de la verdad revelada, adhesión libre de nuestra voluntad, confianza en Dios, entrega de toda nuestra persona a Dios, por medio de Jesucristo. El Concilio Vaticano II describe así la actitud de fe: "Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe (Rm 16, 26; cfr. Rm 1, 5; 2 Co 10, 5-6), por la que el hombre se entrega libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad" (DV 5).
La gracia santificante: vida nueva en Cristo-Jesús. Quien peca gravemente, pierde la vida de gracia
San Pablo expresa así esta realidad de nuestra comunión con Cristo: "Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 19-20). Esta vida en Cristo tiene que ser para nosotros una vida en Dios (Ga 2, 19; 2 Co 5, 15; Rm 6, 11.13). El don del Espíritu Santo suscita en el corazón del hombre una vida nueva de comunión con Cristo en la fe, en la esperanza y en la caridad. Esta vida nueva, permanente, interior, real, del hombre en Cristo es lo que se denomina gracia santificante o gracia habitual. Es unan participación en la naturaleza divina (2 P 1, 4). Esta vida divina en nosotros es incompatible con el pecado grave. Quien peca gravemente, pierde la vida de la gracia. El pecado es muerte para el pecador. El pecador que se convierte de sus pecados y se vuelve a Dios, no sólo recibe el perdón de Dios, sino además el don de la gracia.
El hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios
La vida de fe, esperanza y caridad nace y se desarrolla con la obediencia a la Palabra de Dios. El hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios. El hombre nuevo nace de Dios. Es el que recibe su Palabra (Jn 1, 12), el que la escucha. La Palabra de Dios es su Manifestación; se ha cumplido en Cristo: Cristo es la mejor exégesis del Padre; en Cristo, la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros (Jn 1, 14). El resto de la Escritura, la Ley y los Profetas, es presentado desde la óptica del Nuevo Testamento, donde el Antiguo alcanza no su abolición, sino su cumplimiento (Mt 5, 17), esto es, su consumación, su consecución de la meta terminal, donde se condensa y sublima todo cuanto fue dicho anteriormente. Y el Nuevo Testamento es presentado desde la óptica del Sermón de la Montaña, una de las síntesis más significativas de las exigencias prácticas del Buen Anuncio de Jesús.
Actividad Grupal:
1.       Elabora un cuadro sinóptico sobre el tema en mención.
2.       Por qué se dice que Cristo es el hombre nuevo?
3.       Cómo el hombre puede llegar a ser hombre nuevo?
4.       Quién nos ayuda ser hombres nuevos?

5.       Cómo debe vivir el hombre nuevo?

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