CRISTO: EL HOMBRE NUEVO
La crisis de identidad
El adolescente,
inquieto ante las transformaciones que vive, se interroga sobre sí mismo y
abandona la seguridad de la etapa anterior. El entorno también le cuestiona,
percibe en los adultos un trato distinto, una actitud crítica ante su actual
situación. El adolescente se enfrenta, en estos momentos, con una de las crisis
más importantes en la vida del hombre, la crisis
de identidad, encrucijada,
que una vez franqueada dejará en su personalidad una huella duradera.
¿Quién soy yo? ¿Qué quiero llegar a ser?
Es preciso tener en cuenta que en esta edad, y a lo largo de
toda la adolescencia se concentran, de algún modo, los interrogantes sobre el
valor de las etapas recorridas y la desorientación del hombre sobre lo que
quiere llegar a ser. Se pregunta muchas veces: ¿cómo soy yo? ¿Cuáles son mis
defectos, mis posibilidades, mis aptitudes, personalidad? En definitiva, ¿quién
soy yo? ¿Qué quiero llegar a ser? Es una etapa oportuna para reflexionar sobre
la propia vocación.
¿Qué es el hombre?
De una u otra forma, la crisis adolescente irá siendo
superada. La crisis pasará. Sin embargo, el adolescente irá descubriendo dentro
de sí, y a su alrededor, que hay interrogantes que no tienen fácil respuesta.
Que los propios adultos se hallan divididos, cuando se trata de identificar lo
que es específicamente humano: ¿Qué es el hombre? ¿Un mecano, un robot, un
animal más, un semidios...? Un día terminará por descubrir que el hombre no
podrá nunca conocerse del todo: es siempre para sí mismo un problema abierto o
un misterio.
Identidad y vida de fe
El hombre que acepta con fe viva la revelación de Dios tiene
una nueva luz, para saber quién
es Dios y quien es el hombre. Dios nos ha hablado de nuestro origen y de
nuestro destino. Quiere hacer de nosotros, en Cristo Jesús, un hombre nuevo.
Sólo Dios puede esclarecer plenamente el misterio del hombre: su situación
presente, sus aspiraciones profundas, su libertad, su pecado, su dolor, su
muerte, su esperanza de vida futura. El cristianismo construye su identidad
personal en la vida de fe, esperanza y caridad. El creyente afirma su
personalidad al profundizar en su relación personal con Cristo.
El gran acontecimiento: Jesús ha resucitado. Cristo es el
Señor
El Nuevo Testamento nos presenta una nueva intervención de
Dios, verdaderamente inaudita, inesperada: "Todo
Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios
lo ha constituido Señor y Mesías" (Hch
2, 36). Este es el gran acontecimiento de la historia de salvación: un muerto,
Jesús, condenado y ejecutado por la justicia de los hombres, ha sido
constituido Señor de la
historia. ¡Al igual que a
Yahvé le corresponde el Nombre-que-está-sobre-todo-nombre! Este es el kerygma (mensaje, proclamación) del Nuevo
Testamento.
El nacimiento de un nuevo
hombre
Pablo sabe por experiencia que el que se ha encontrado con
Cristo es como si hubiera
vuelto a nacer, una criatura nueva, un hombre nuevo (2 Co 5, 17). El confiesa que ha
encontrado el verdadero y definitivo sentido de su vida gracias al amor de Dios
manifestado en Cristo Jesús; ya nadie ni nada podrá separarle de ese amor (Rm
8, 35-39): en un sentido profundamente cierto en
el encuentro con Cristo ha sido recreado. La
profundidad de la relación interpersonal de Pablo con Cristo queda expresada de
forma difícilmente superable en la siguiente fórmula: "Vivo, pero no soy yo, es
Cristo quien vive en mí" (Ga
2, 20).
Cristo sigue creando hombres nuevos
Cristo, que transformó a Pablo y a los Apóstoles, continúa
hoy transformando y renovando a todos aquellos que se convierten y se unen a Él
por la fe y por el bautismo. Cristo renueva y vivifica constantemente a la
Iglesia que es su cuerpo. Cristo, con su muerte redentora, venció el pecado y
nos hizo capaces de vivir, no según la carne, sino según el espíritu, opuesto a
la carne. (Rm 8, 3-4).
"Andemos en una vida nueva"
"¿Es que no sabéis que los que por el bautismo nos
incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte? Por el bautismo fuimos
sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de
entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una
vida nueva. Porque, si hemos quedado incorporados a él por una muerte como la
suya, lo estaremos también por una resurrección como la suya. Comprendamos que
nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, destruida nuestra
personalidad de pecadores y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque
el que muere ha quedado absuelto del pecado. Porque el pecado no os
dominará: ya que no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia" (Rm 6, 3-14;
cfr. 1 Co 6, 15-19; Col 2, 11-13).
Para vivir esta moral de gracia, Cristo resucitado concede a
su Iglesia el don del Espíritu Santo
Para que seamos capaces de vivir según esta moral de gracia,
moral de la nueva alianza y seamos hombres nuevos en Cristo Jesús, según el
designio de Dios, Jesucristo resucitado concede a su Iglesia el don del
Espíritu Santo. De este modo se cumple lo anunciado por los profetas, como dice
Pedro el día de Pentecostés: "En los últimos días —dijo Dios—derramaré mi
Espíritu sobre todo hombre: Profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros
jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre mis siervos
y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán. Haré prodigios
arriba en el cielo y signos abajo en la tierra" (Hch 2, 17-19). El
Espíritu se nos concede en virtud de la resurrección de Cristo: "El último día, el más
solemne de las fiestas, Jesús en pie gritaba: El
que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. (Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes
de agua viva).Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir
los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no
había sido glorificado" (Jn 7, 37-39). El Espíritu Santo ha sido enviado
por el Padre y por el Hijo para dar testimonio de Cristo, y para que a su vez
den testimonio de Cristo los Apóstoles: "Cuando venga el Defensor, que os
enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, él
dará testimonio de mí: y también vosotros daréis testimonio, porque desde el
principio estáis conmigo" (Jn 15, 26-27).
La alegría del tesoro escondido
Un aspecto importante del sermón de la montaña es la
alegría. La alegría es una característica esencial del Evangelio. La expresión bienaventurados (dichosas), no sólo contiene una promesa, sino
también una felicitación. Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios en medio
de felicitaciones, de congratulaciones, de bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). Sería
una contradicción anunciar la Buena Noticia en medio de la tristeza: "El
Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo
encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que
tiene y compra el campo" (Mt 13, 44). El "ir", el
"vender", el "comprar" se debe a la alegría de haber
descubierto en la propia vida la acción de Dios. Esa alegría subyace a todas
las decisiones y, también, a todas las renuncias. Brota en medio de los
insultos y de las persecuciones (Mt 5, 11-12) y se hace incontenible cuando el
discípulo experimenta el poder de la Buena Nueva que anuncia (Le 10, 17). Por
encima de todo, el verdadero motivo de la alegría evangélica es éste: "Vuestros nombres
están inscritos en el cielo" (Le
10, 20).
Por la fe, el hombre se confía libre y totalmente a Dios
La fe cristiana es respuesta a la palabra de Dios,
conocimiento de la verdad revelada, adhesión libre de nuestra voluntad,
confianza en Dios, entrega de toda nuestra persona a Dios, por medio de
Jesucristo. El Concilio Vaticano II describe así la actitud de fe: "Cuando
Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe (Rm 16, 26; cfr. Rm 1, 5;
2 Co 10, 5-6), por la que el
hombre se entrega libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el
homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la
revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios
que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve
el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos la suavidad en el
aceptar y creer la verdad" (DV 5).
La gracia santificante: vida nueva en Cristo-Jesús. Quien
peca gravemente, pierde la vida de gracia
San Pablo expresa así esta realidad de nuestra comunión con
Cristo: "Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo
quien vive en mí" (Ga 2, 19-20). Esta vida en Cristo tiene que ser para
nosotros una vida en Dios (Ga 2, 19; 2 Co 5, 15; Rm 6, 11.13). El don del
Espíritu Santo suscita en el corazón del hombre una vida nueva de comunión con
Cristo en la fe, en la esperanza y en la caridad. Esta vida nueva, permanente,
interior, real, del hombre en Cristo es lo que se denomina gracia santificante
o gracia habitual. Es unan participación en la naturaleza divina (2 P 1, 4).
Esta vida divina en nosotros es incompatible con el pecado grave. Quien peca
gravemente, pierde la vida de la gracia. El pecado es muerte para el pecador.
El pecador que se convierte de sus pecados y se vuelve a Dios, no sólo recibe
el perdón de Dios, sino además el don de la gracia.
El hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios
La vida de fe, esperanza y caridad nace y se desarrolla con
la obediencia a la Palabra de Dios. El
hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios. El hombre nuevo nace de Dios. Es el que recibe su
Palabra (Jn 1, 12), el que la escucha. La Palabra de Dios es su
Manifestación; se ha cumplido en Cristo: Cristo es la mejor exégesis del Padre;
en Cristo, la Palabra se hizo
carne y puso su morada entre nosotros (Jn
1, 14). El resto de la Escritura, la Ley
y los Profetas, es presentado
desde la óptica del Nuevo Testamento, donde el Antiguo alcanza no su abolición,
sino su cumplimiento (Mt 5, 17), esto es, su
consumación, su consecución de la meta terminal, donde se condensa y sublima
todo cuanto fue dicho anteriormente. Y el Nuevo Testamento es presentado desde
la óptica del Sermón de la Montaña, una de las síntesis más significativas de
las exigencias prácticas del Buen Anuncio de Jesús.
Actividad Grupal:
1. Elabora un cuadro
sinóptico sobre el tema en mención.
2. Por qué se dice que
Cristo es el hombre nuevo?
3. Cómo el hombre puede llegar
a ser hombre nuevo?
4. Quién nos ayuda ser
hombres nuevos?
5. Cómo debe vivir el
hombre nuevo?
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