miércoles, 27 de abril de 2016

Tema 3

LA VIDA EN EL ESPIRITU

Jesús ya nos salvó y nos dio una Vida Nueva. Ustedes se preguntaran porque no experimentamos esta salvación en nuestras vidas. La respuesta está en la aceptación. Lo que debemos hacer es aceptar la salvación que Jesús ha ganado para nosotros.
Entonces ¿Qué debemos hacer para vivir la vida de Jesús? Pedro ya nos dio la respuesta la mañana de Pentecostés, cuando les habló a la multitud: “crean en Jesús, conviértanse de sus pecados, y entonces podrán vivir la vida del Hijo de Dios resucitado”. Fe y conversión es lo único que nosotros necesitamos para vivir la vida de Dios traída por Jesús.
A) LA FE
Es un SI a la presencia y a la acción salvadora de Dios a través de Jesús. Es un SI que se da una vez y se renueva permanentemente. Es el medio necesario para conectarse con la salvación, pues por ella habita Cristo en nuestro corazón (Ef 3,17).
Su palabra nos dice en Carta a los Romanos 10,9-10: “Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucito de entre los muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación”.
Cuando Pablo nos habla de boca y corazón se está refiriendo a lo más externo y a lo más intimo y profundo del hombre. La fe nos lleva a actuar conforme a lo que creemos, cambiando nuestra forma de vivir. De otra manera no es fe, sino sentimiento, ideología o creencia.
La fe es la certeza de que Dios va a actuar conforme a las promesas de Cristo, que va a actuar conforme al plan que tiene pensado para cada uno de nosotros. Por lo tanto, la fe no es creer en algo, sino en alguien. Es una decisión total del hombre que envuelve todo su ser y compromete toda su persona.
La fe se vive en cada circunstancia de nuestra vida, y de esa manera es posible experimentar en cada momento la salvación de Jesús.

Expresión de Fe
Vamos a manifestar nuestra fe en Dios y su obra salvífica a través de Jesucristo.
Se responde: Sí, yo creo.

1. ¿Crees que Dios te creó por amor y te ama como Padre?
2. ¿Crees que el ama a todos los hombres, especialmente a los pobres y a los pecadores?
3. ¿Crees que El tiene un plan de felicidad, paz y justicia para todos los hombres?
4. ¿Crees que tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo único, no para condenarlo sino para salvarlo?
5. ¿Crees que en su muerte en la cruz murió también el pecado?
6. ¿Crees que resucitó y está vivo para siempre?
7. ¿Crees que es la única respuesta y solución efectiva para los problemas del mundo?
8. ¿Crees que hoy y aquí, Jesús puede dar sentido a tu vida?




B) LA CONVERSION
“Jesús comenzó a proclamar: Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”. Mt 4,17. La forma más concreta como se manifiesta la fe es mediante la conversión.

Siempre se ha dicho que la conversión es un cambio de vida, pero esto no quiere decir que se reduce a un cambio de conducta. El cambio de conducta es consecuencia del cambio de vida, y la conversión es mucho más profunda que un simple cambio de conducta. La conversión es un cambio de corazón.
La conversión es cambio total: dar la espalda, dejar atrás, abandonar todo lo que es incompatible con Dios y su plan de amor para nosotros; es romper con el pecado y los ídolos y rechazar a Satanás.
La conversión es ante todo envolverse a Dios, buscar su Rostro, reconociendo su presencia que nos hace un llamado personal.
El pecado, Satanás y sus obras, y los resentimientos son los obstáculos para la presencia y acción salvadora de Dios; el rechazo y la liberación de ellos son la condición y el fruto de la salvación.

El convertirse incluye varios pasos:
1)   Reconocimiento del pecado.   

Su palabra dice en Evangelio según San Juan 16,8:
“Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde la está la justicia y cuál es el juicio.”
La conversión es obra del Espíritu Santo en nosotros; sólo El puede darnos un corazón nuevo para volver a Dios.
2) Arrepentimiento
Su palabra nos dice en 2 Cor 7, 9-10: “Ahora me regocijo, no porque ustedes se hayan puesto tristes, sino porque esa tristeza fue motivo de arrepentimiento. Ustedes, en efecto, han experimentado la tristeza que proviene de Dios, de manera que nosotros no le hemos hecho ningún daño. Esa tristeza produce un arrepentimiento que lleva a la salvación y no se debe lamentar; en cambio, la tristeza del mundo produce la muerte.”
El arrepentimiento es un dolor de corazón y detestación del pecado cometido, con el propósito de no pecar en adelante. Es retorno al hogar, vuelta a casa, reencuentro con el Padre.

3) Confesión del pecado
Su palabra nos dice en 1 Juan 1,9: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad.”
Necesitamos reconocer y confesar explícitamente nuestros pecados ante Dios.
Necesitamos hacer una renuncia explícita a Satanás y a todas sus obras.
Acercarnos al sacramento de la reconciliación.

4) Reparación y reconciliación
El arrepentimiento para restaurar la unión de amor con Dios, exige resarcir los daños causados y reconciliarse con el hermano.

Renuncia

La verdadera y total dependencia de Dios nos obliga a renunciar a todo aquello que nos ha encadenado al pecado. Respondemos: ¡Sí, renuncio!

1. ¿Renuncias a Satanás?
2. ¿A todas sus obras y seducciones?
3. ¿Al ocultismo, esoterismo y toda superstición?
4. ¿A la magia, curanderismo y hechicería?
5. ¿A la lectura de las cartas, café y mano?
6. ¿Al espiritismo, astrología y horóscopos?
7. ¿A adquirir poder y control sobre ti u otros, al margen de Dios?
8. ¿Al uso de amuletos, fetiches y talismanes?
9. ¿Al conocimiento del futuro, al margen de Dios?
10. ¿Renuncias a todo egoísmo, lujuria y maldad?
11. ¿Renuncias a odios y resentimientos?

12. ¿Renuncias completamente y para siempre a todo esto?

miércoles, 6 de abril de 2016

Tema 2

CRISTO: EL HOMBRE NUEVO
La crisis de identidad
 El adolescente, inquieto ante las transformaciones que vive, se interroga sobre sí mismo y abandona la seguridad de la etapa anterior. El entorno también le cuestiona, percibe en los adultos un trato distinto, una actitud crítica ante su actual situación. El adolescente se enfrenta, en estos momentos, con una de las crisis más importantes en la vida del hombre, la crisis de identidad, encrucijada, que una vez franqueada dejará en su personalidad una huella duradera.
¿Quién soy yo? ¿Qué quiero llegar a ser?
Es preciso tener en cuenta que en esta edad, y a lo largo de toda la adolescencia se concentran, de algún modo, los interrogantes sobre el valor de las etapas recorridas y la desorientación del hombre sobre lo que quiere llegar a ser. Se pregunta muchas veces: ¿cómo soy yo? ¿Cuáles son mis defectos, mis posibilidades, mis aptitudes, personalidad? En definitiva, ¿quién soy yo? ¿Qué quiero llegar a ser? Es una etapa oportuna para reflexionar sobre la propia vocación.
¿Qué es el hombre?
De una u otra forma, la crisis adolescente irá siendo superada. La crisis pasará. Sin embargo, el adolescente irá descubriendo dentro de sí, y a su alrededor, que hay interrogantes que no tienen fácil respuesta. Que los propios adultos se hallan divididos, cuando se trata de identificar lo que es específicamente humano: ¿Qué es el hombre? ¿Un mecano, un robot, un animal más, un semidios...? Un día terminará por descubrir que el hombre no podrá nunca conocerse del todo: es siempre para sí mismo un problema abierto o un misterio.
Identidad y vida de fe
El hombre que acepta con fe viva la revelación de Dios tiene una nueva luz, para saber quién es Dios y quien es el hombre. Dios nos ha hablado de nuestro origen y de nuestro destino. Quiere hacer de nosotros, en Cristo Jesús, un hombre nuevo. Sólo Dios puede esclarecer plenamente el misterio del hombre: su situación presente, sus aspiraciones profundas, su libertad, su pecado, su dolor, su muerte, su esperanza de vida futura. El cristianismo construye su identidad personal en la vida de fe, esperanza y caridad. El creyente afirma su personalidad al profundizar en su relación personal con Cristo.
El gran acontecimiento: Jesús ha resucitado. Cristo es el Señor
El Nuevo Testamento nos presenta una nueva intervención de Dios, verdaderamente inaudita, inesperada: "Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías" (Hch 2, 36). Este es el gran acontecimiento de la historia de salvación: un muerto, Jesús, condenado y ejecutado por la justicia de los hombres, ha sido constituido Señor de la historia. ¡Al igual que a Yahvé le corresponde el Nombre-que-está-sobre-todo-nombre! Este es el kerygma (mensaje, proclamación) del Nuevo Testamento.
El nacimiento de un nuevo hombre
Pablo sabe por experiencia que el que se ha encontrado con Cristo es como si hubiera vuelto a nacer, una criatura nueva, un hombre nuevo (2 Co 5, 17). El confiesa que ha encontrado el verdadero y definitivo sentido de su vida gracias al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús; ya nadie ni nada podrá separarle de ese amor (Rm 8, 35-39): en un sentido profundamente cierto en el encuentro con Cristo ha sido recreado. La profundidad de la relación interpersonal de Pablo con Cristo queda expresada de forma difícilmente superable en la siguiente fórmula: "Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).
Cristo sigue creando hombres nuevos
Cristo, que transformó a Pablo y a los Apóstoles, continúa hoy transformando y renovando a todos aquellos que se convierten y se unen a Él por la fe y por el bautismo. Cristo renueva y vivifica constantemente a la Iglesia que es su cuerpo. Cristo, con su muerte redentora, venció el pecado y nos hizo capaces de vivir, no según la carne, sino según el espíritu, opuesto a la carne.  (Rm 8, 3-4).
"Andemos en una vida nueva"
"¿Es que no sabéis que los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con El en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si hemos quedado incorporados a él por una muerte como la suya, lo estaremos también por una resurrección como la suya. Comprendamos que nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros libres de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del pecado. Porque el pecado no os dominará: ya que no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia" (Rm 6, 3-14; cfr. 1 Co 6, 15-19; Col 2, 11-13).
Para vivir esta moral de gracia, Cristo resucitado concede a su Iglesia el don del Espíritu Santo
Para que seamos capaces de vivir según esta moral de gracia, moral de la nueva alianza y seamos hombres nuevos en Cristo Jesús, según el designio de Dios, Jesucristo resucitado concede a su Iglesia el don del Espíritu Santo. De este modo se cumple lo anunciado por los profetas, como dice Pedro el día de Pentecostés: "En los últimos días —dijo Dios—derramaré mi Espíritu sobre todo hombre: Profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán. Haré prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra" (Hch 2, 17-19). El Espíritu se nos concede en virtud de la resurrección de Cristo: "El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús en pie gritaba: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. (Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva).Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado" (Jn 7, 37-39). El Espíritu Santo ha sido enviado por el Padre y por el Hijo para dar testimonio de Cristo, y para que a su vez den testimonio de Cristo los Apóstoles: "Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí: y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo" (Jn 15, 26-27).
La alegría del tesoro escondido
Un aspecto importante del sermón de la montaña es la alegría. La alegría es una característica esencial del Evangelio. La expresión bienaventurados (dichosas), no sólo contiene una promesa, sino también una felicitación. Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios en medio de felicitaciones, de congratulaciones, de bienaventuranzas (Mt 5, 3-12). Sería una contradicción anunciar la Buena Noticia en medio de la tristeza: "El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo" (Mt 13, 44). El "ir", el "vender", el "comprar" se debe a la alegría de haber descubierto en la propia vida la acción de Dios. Esa alegría subyace a todas las decisiones y, también, a todas las renuncias. Brota en medio de los insultos y de las persecuciones (Mt 5, 11-12) y se hace incontenible cuando el discípulo experimenta el poder de la Buena Nueva que anuncia (Le 10, 17). Por encima de todo, el verdadero motivo de la alegría evangélica es éste: "Vuestros nombres están inscritos en el cielo" (Le 10, 20).
Por la fe, el hombre se confía libre y totalmente a Dios
La fe cristiana es respuesta a la palabra de Dios, conocimiento de la verdad revelada, adhesión libre de nuestra voluntad, confianza en Dios, entrega de toda nuestra persona a Dios, por medio de Jesucristo. El Concilio Vaticano II describe así la actitud de fe: "Cuando Dios revela hay que prestarle la obediencia de la fe (Rm 16, 26; cfr. Rm 1, 5; 2 Co 10, 5-6), por la que el hombre se entrega libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad" (DV 5).
La gracia santificante: vida nueva en Cristo-Jesús. Quien peca gravemente, pierde la vida de gracia
San Pablo expresa así esta realidad de nuestra comunión con Cristo: "Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 19-20). Esta vida en Cristo tiene que ser para nosotros una vida en Dios (Ga 2, 19; 2 Co 5, 15; Rm 6, 11.13). El don del Espíritu Santo suscita en el corazón del hombre una vida nueva de comunión con Cristo en la fe, en la esperanza y en la caridad. Esta vida nueva, permanente, interior, real, del hombre en Cristo es lo que se denomina gracia santificante o gracia habitual. Es unan participación en la naturaleza divina (2 P 1, 4). Esta vida divina en nosotros es incompatible con el pecado grave. Quien peca gravemente, pierde la vida de la gracia. El pecado es muerte para el pecador. El pecador que se convierte de sus pecados y se vuelve a Dios, no sólo recibe el perdón de Dios, sino además el don de la gracia.
El hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios
La vida de fe, esperanza y caridad nace y se desarrolla con la obediencia a la Palabra de Dios. El hombre nuevo vive conforme a la Palabra de Dios. El hombre nuevo nace de Dios. Es el que recibe su Palabra (Jn 1, 12), el que la escucha. La Palabra de Dios es su Manifestación; se ha cumplido en Cristo: Cristo es la mejor exégesis del Padre; en Cristo, la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros (Jn 1, 14). El resto de la Escritura, la Ley y los Profetas, es presentado desde la óptica del Nuevo Testamento, donde el Antiguo alcanza no su abolición, sino su cumplimiento (Mt 5, 17), esto es, su consumación, su consecución de la meta terminal, donde se condensa y sublima todo cuanto fue dicho anteriormente. Y el Nuevo Testamento es presentado desde la óptica del Sermón de la Montaña, una de las síntesis más significativas de las exigencias prácticas del Buen Anuncio de Jesús.
Actividad Grupal:
1.       Elabora un cuadro sinóptico sobre el tema en mención.
2.       Por qué se dice que Cristo es el hombre nuevo?
3.       Cómo el hombre puede llegar a ser hombre nuevo?
4.       Quién nos ayuda ser hombres nuevos?

5.       Cómo debe vivir el hombre nuevo?

miércoles, 30 de marzo de 2016

Cuaresma...tiempo de cambiar


I BIMESTRE


LA CUARESMA

I.      PROCESO PEDAGOGICO: VER

         Examinemos la realidad y describamos que hace la gente durante semana santa que no sea conductas religiosas.
·      Elabora una lista de malas conductas en la pizarra.

Responder a las siguientes preguntas:

1.    Nombra algunos de los males sociales que suceden muy cerca a tu entorno.
2.    Hacia dónde nos conducen esos males?

I.      PROCESO PEDAGOGICO: JUZGAR
Información Básica sobre la Cuaresma:
La Cuaresma dura 40 días; comienza el miércoles de ceniza y termina antes de la última cena en el jueves santo. A lo largo de este tiempo, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de ser verdaderos cristianos que debemos vivir como hijos de Dios.
La Cuaresma en el tiempo litúrgico de conversión, que marca la iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la pascua. Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y de cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo.
La Cuaresma es tiempo de perdonar,  Jesús nos perdonó los pecados derramando su sangre en la Cruz y se reconcilió con nosotros; siendo Él Dios, se mostró muy humilde con este gesto de amor y nos enseñó a perdonar aquellos que alguna vez nos ofendieron.
La Cuaresma es tiempo de pedir perdón a Dios, y a todos aquellos que hayamos ofendido sean amigos, enemigos, familia, etc.
La Cuaresma es el tiempo para confesarse; buscar el arrepentimiento por los pecados cometidos; buscar un sacerdote y confesar todos los pecados y recibir de Cristo, a través de sacerdote, le perdón de todos los pecados cometidos desde la última confesión hecha.

     ACTIVIDAD 2:

Para hacer realidad el propósito de la Cuaresma en nuestra vida personal, debemos primero reconocer cuáles son los males que tenemos en nuestra vida personal y que debemos renunciar para acercarnos mejor a Cristo.
A continuación, una serie de males a la que podemos renunciar:
·         Mal humor
·         Envidia
·         Egoísmo
·         La indiferencia
·         Vicios por cosas que no ayudan
·         La desidia o pereza
·         Chisme
·         Desobediencia
·         Vanidad
·         El derroche
·         La opulencia
·         Otros

     Para ello, debes responder a las siguientes preguntas:
1.         Nombra dos cosas a la que debes renunciar de manera personal.
2.         Por qué crees que debes renunciar a esas cosas?
3.         Qué necesitas para lograr renunciar?
4.         Qué esperas alcanzar después de renunciar?

5.              Qué mensajes desprendes de la cita de 2 Cor 5, 17  De modo que si alguno está en Cristo, ya es una nueva creación; atrás ha quedado lo viejo: ¡ahora ya todo es nuevo!

Socializan sus respuestas.
Autoevaluación:
1.       Qué aprendimos hoy
2.       Cómo lo aprendimos

II.     PROCESO PEDAGOGICO: ACTUAR

Participa de la Semana Santa y eleva un informe contando todo lo vivido, especialmente en el jueves santo, viernes santo y domingo de Resurrección.